01 agosto, 2009

Ciudad en cenizas


(Imagen: Cuando sea tarde, Virginia Palomeque))

Eran las cinco cincuenta y cinco de la tarde. Prevalecía un ambiente enrarecido y asfixiante. Muy pronto al avanzar y cruzar algunas calles me percaté que a lo lejos las llamas consumían la cúpula de un alto edificio del diario El Reformador. Mi estómago dio un vuelco pero seguí adelante convencido de que pronto sería sofocado.

Como autómata en lugar de continuar mi acostumbrado camino, enfilé hacia el lugar del siniestro, movido por el seguro escenario espectacular de los bomberos y las cámaras televisivas.

Pero conforme avancé y el edificio se me hacía menos distante, descubrí con sorpresa que un salón de fiestas que lo antecedía también era consumido por el fuego. Lo más increíble era que no se podía tratar de una extensión del incendio del periódico hacia el salón pues había de por medio un par de cuadras. Por mi mente atravesó la idea de algún atentado pero era poco probable pues mis oídos no habían registrado alguna explosión.

Lo que sí comenzó a conformar mi paisaje sonoro fue el ininterrumpido ulular de las sirenas. Era un concierto estremecedor en varios planos pues a lo más remoto esos artefactos no paraban de sonar.

A medida que avanzaba fui descubriendo un panorama nada reconfortante. Ahora más llamas lucían a lo lejos en puntos distantes. Mi visión ya no advertía la ubicación precisa de esos otros incendios pues una inmensa nube de humo me lo impedía.

El característico olor y el consecuente ataque de asma me impidió avanzar más, aunque ya casi estaba al pie del salón donde una mujer ejecutiva a pesar de su desesperación y resistencia era convencida de abandonar la todavía incólume planta baja.

Fue allí donde de golpe alcancé a recibir un chorro de agua disparado desde las alturas por los bomberos. Fue muy refrescante, advertí que no sólo llevaba en mi cuerpo el calor del incendio, sino que éste ya me acompañaba desde mi salida de la oficina. Era una tarde singularmente calurosa.

Desde mi nueva posición donde volteara advertía incendios. Me estremecí al pensar en una conflagración y me preocupé por todos los habitantes de esos edificios y por mis parientes y amigos.

Marqué en el celular a casa y no había señal. Intenté con otros números y el resultado fue el mismo. Las comunicaciones estaban interrumpidas. Por fin me sentí solo en medio del infierno.

Comencé a retirarme y a reanudar mi camino original. Al internarme en la colonia de mi trabajo sentí un leve alivio al ver de pie la mayoría de las casas y construcciones,,, pero era eso, la mayoría, porque de manera dispersa uno que otro sitio también se tornaba presa de las llamas y ello inevitablemente se propagaría.

De plano retorné hasta el pie de mi centro laboral para advertir de que se encontraba entero y así fue. Entonces reanudé mi camino di la espalda a los incendios mayores y torciendo el rumbo hacia el transporte colectivo. ¿Pero cuál? Había sido suspendido.

Parte del caos, apenas sí constataba la presencia de otros individuos igual de azorados que yo. Estaba abstraído y el ir y venir de la gente desesperada no me sacaba de mi atolondramiento.

Al pasar por una tienda de muebles me detuve ante un televisor que por supuesto reproducía el siniestro. Un prestigiado conductor de noticias aparecía como reportero en el lugar de los hechos y narraba los mismos, no le di importancia a la perorata salvo cuando se refirió a la probable explicación de los incendios: la temperatura había rebasado los cincuenta grados esa tarde, el cambio climático nos había alcanzado y dejado huella.

Comenzó a anochecer. La distancia a mi hogar era enorme y el tránsito peatonal también estaba bloqueado. Sin transporte ni comunicación, abatido deambulé por horas y acaso descansé un par en la guarnición de un condominio con la compañía de otro individuo con el cual apenas crucé palabras de incredulidad y más bien muchas miradas de incertidumbre.

El amanecer fue triste y sombrío. Por supuesto que había gente por doquier y en condiciones similares a la mía, pero yo no le prestaba atención, me sentía auténticamente en una ciudad desierta y abandonada.

Las condiciones de incomunicación prevalecían. A pesar del sudor y apariencia, me dirigí a la oficina. A unos cuantos metros testifiqué que ella también se consumía. Quería convencerme que todo era una pesadilla pero era imposible despertar a otra realidad que no fuera la misma.

Las horas progresaban y al mediodía el calor era ya muy pesado. Entonces sí tomé conciencia de la angustia de los demás a mi alrededor. La gente hacía planes para guarecerse del sol y huir de la concentración de edificios. Había en el ambiente un pánico por la proximidad de las horas más calurosas. Aún permanecían incipientes llamas y humo alrededor pero, ¿se encendían nuevas construcciones?, ¿eran tan endebles a un fenómeno así?

Como hormigas íbamos de un lugar a otro sin dirección fija. No prestaba atención al traslado de los heridos más que a la hora de echar un nuevo vistazo a algún televisor. La espectacularidad de las pantallas contrastaba con el desolador panorama que me agobiaba y al extrañamiento de los míos que distantes estaban verdaderamente ausentes.

Protección Civil habilitó una alarma que se atascó apenas rebasados los treinta y cinco grados. De pronto las patrullas por sus altavoces comenzaron a indicarnos que nos dirigiéramos al Bosque de Anáhuac, el pulmón de la ciudad, sólo allí encontraríamos el refugio esperado.

Las filas de individuos que encaminábamos nuestros pasos hacia el bosque se convirtieron en verdaderas turbas al salir la gente de sus casas y trabajos. Como si estuviera predestinado, justo hacia las cuatro de la tarde comenzaron a gestarse nuevos y aparatosos incendios, ahora ya no distantes sino por las calles que transitábamos.

A pesar de los gritos y empujones, seguía abstraído, ensimismado y como autómata dejándome llevar por la corriente humana hacia el bosque que por más extenso que fuera sería insuficiente para dar cabida a toda la población.

Los incendios parecían perseguirnos, el calor era inclemente. La alarma que ya sonaba otra vez volvía a descomponerse al rebasar los 60 grados. Desesperados nos lanzamos a las infectas agua del lago donde las lanchas que otrora dieron esparcimiento a los paseantes, quedaron arrumbadas en un rincón. Poco nos importaba ahogarnos o contraer algún mal estomacal o en la piel, lo urgente era mitigar un calor jamás sentido y alejarnos de las brasas que consumían las construcciones que rodeaban al bosque y los primeros árboles del mismo.

Abatidos ninguno supimos de las horas subsiguientes sino hasta un nuevo amanecer cuando nos descubrimos casi desnudos en medio del fango, el agua totalmente evaporada. Como los demás pero otra vez ignorándolos, me enderecé y caminé resbaladizamente hasta alcanzar el negro césped y tirarme entre otra multitud esquelética y deshidratada.

Al sentir los rayos del sol, asustado me incorporé y entre la poca noción que tenía comencé a dirigirme al largo camino hacia casa esta vez despejado, entre autos, patrullas y cuerpos calcinados, entre ruinas y cenizas de casas y edificios.

El humo me impedía ver más allá de mi entorno, pero conforme me alejé de la ciudad entre agotamiento y asma, ya a cierta altura, divisé la cordillera que la rodeaba; parecía una olla que dejaba escapar el vapor o un lugar inhóspito donde hubiera caído un meteorito.

Para entonces el calor amenazaba con subir y yo no tenía otro bosque para protegerme ni próximo mi anhelado hogar.

D.R. © Teófilo Huerta, 2009

Publicado en revista El Búho, julio de 2009.

25 enero, 2009

Que los cumplas feliz

Sobre aquella larga mesa de madera posaba el enorme pastel circular que Carmelita había preparado afanosamente. Sus manos le habían transfundido sangre de su corazón eternamente ligado a su bisabuelo. Sobre el pastel tumultuosamente agolpadas las 115 velitas pacientemente colocadas por los tataranietos.

Fermín estupefacto contempló la escena, mas su rostro no expresaba ni un dejo de felicidad, ésta ya se le había agotado años atrás. Sus ojos cataratosos aún divisaban, mecánicamente, sin la avidez con que en la infancia descubría su entorno: rostros, figuras, paisajes, sin la curiosidad con que armaba rompecabezas, escudriñaba canicas, delineaba contornos en una hoja de papel, carente de la sorpresa de reflejarse en otros ojos; tampoco con el morbo aprendido para deleitarse con unos labios femeninos, unos senos o unas caderas; menos con la pasión juvenil de capturar paseos, jardines, playas, fiestas, amores y de hacer registros nemotécnicos y fotográficos; ya no con la emoción para atestiguar el nacimiento de sus hijos y los juegos de sus descendientes, menos con la templanza adulta para observar el entorno y valorar la importancia de la vista, ni siquiera con la nostalgia de repasar viejas fotografías y examinar los rostros de sus descendientes. No, ya no, sus ojos opacos, casi estáticos, eran meras cámaras para enfocar el momento y punto y aparte.

El entusiasmo de toda la parentela era patente, la atmósfera se llenaba de la gritería de los niños, la plática y risas de los demás, los aplausos, los gritos y por supuesto las desentonadas Mañanitas cantadas por todos. Y Fermín escuchó, sin la nitidez de antaño, sin separar los sonidos, como un escándalo de bulto; escuchó sin perturbarse, sin emocionarse, ni siquiera fastidiarse. No escuchó con la sorpresa que le causó el movimiento digestivo y los retumbantes latidos de su madre, ni con el susto de su propio llanto, las primeras voces ininteligibles; tampoco con la paz que le provocaban los arrullos, menos con el interés por captar los deletreos y las agradables diferencias entre vocales y consonantes; tampoco con el interés que le producía escuchar su nombre que le daba identidad; menos aún con la desenfrenada pasión por un disco a alto volumen, ni con la conmovedora y tersa disposición para captar muy cerquita del oído un “te amo”, lejos también del interés por el romper de una ola, el silbido de un pájaro, el ququiriquí madrugador de un gallo, el mugido de una vaca, el tañido de una campana en un apacible poblado; ni siquiera con la excitación que le provocaba un jadeo, ni la ternura que le despertaba un incipiente llanto de bebé; tristemente tampoco por la paz que le inspiraba la recitación de un poema. No, ya no, sus oídos ubicados en sus cada vez más grandes orejas, casi sordos, eran meros radares para apenas distinguir y punto y aparte.

Un aroma de antojitos y buena comida, de aire fresco y cordial privaba el ambiente. Y Fermín olió, sin la claridad de antes, dejando solamente penetrar por sus fosas nasales los olores que le rodeaban; olió sin inmutarse, sin despertársele el apetito. No olió con la avidez con que lo hizo para localizar la leche materna, ni con la curiosidad para descubrir el olor de un líquido, del corcho de una tapa, de su propia piel, tampoco con la agradable sensación producido por el aroma de una flor, una fruta, el ladrillo mojado, el pasto, la brisa del mar; menos por el apetito que le despertaba el vapor de una sopa o un guisado; no con la agradable sensación de oler el aroma de una mujer recién bañada o el artificial perfume, ni con el natural deseo de percibir otra piel y su sudor natural; menos con la perturbadora sensación de aspirar el íntimo humor de su amada; ya ni con la mera necesidad de aspirar para oxigenarse. No, ya no, su nariz le estorbaba y simplemente era un artefacto para respirar y punto y aparte.

La fiesta era alegre, los niños jugaban con la tierra y con globos, las manos de los adultos movían platos y cubiertos de aquí para allá. Y Fermín recibió besos y abrazos al por mayor, sin la disposición de cumpleaños pasados , dejándose nada más querer; él tocó pieles y vestidos, platos y cubiertos, pero de manera autómata. No tocó como se aferró al seno de su madre, como le recorrió con las yemas de sus dedos el rostro, como aprisionó la nariz de su padre, como descubrió las texturas de sonajas y cobijas, tampoco como descubrió la redondez de las canicas y la finura de la tierra; menos con el jugueteo de su pene y la habilidad de lanzar un balón; ni siquiera con la atracción de sujetar un manubrio o volante; tampoco con el confort producido por la arena seca y mojada de la arena, o la belleza de rasgar la cuerda de una guitarra, ni con la timidez de un roce de labios; menos con la seguridad al manejar una pluma o teclear; tampoco con la ternura de una caricia o el apretón de un cuerpo desnudo y su acompasamiento; ni acaso con la firmeza de estrechar una mano. No, ya no, sus manos arrugadas y deformes ya no tocaban igual, eran meras pinzas para sujetar lo inmediato y punto y aparte.

Los comensales degustaron cada platillo hasta saciarse, saborearon el pastel de Carmelita detenidamente y le ayudaron a Fermín a comer un trozo. Y Fermín recibió los bocados, sin el antojo de los ayeres, solamente deglutiendo. No degustó como saboreó su primera leche materna, su dedo, su chupón o su primer biberón, tampoco como paladeó sus papillas, un dulce, el agua de horchata, la carne molida, el pollo, las habas y verdolagas; ni siquiera como sintió el sabor de una cerveza o un licor; menos como inflamó su corazón con la lengua y la saliva de una mujer; ya ni siquiera con el remanso de pasar agua. No, ya no, su boca frágil y reseca albergaba una tosca y rasposa lengua y muchos dientes postizos nulamente sensibles; era un mero recipiente para introducir el subsistente alimento y punto y aparte.

En el convivio se formaron grupos donde la palabra igual servía para jugar o burlarse, que para discurrir sobre cuanto tema viniese a la cabeza. Y Fermín recibía las palabras, pero a lo mucho asentía con la cabeza sin involucrarse en un diálogo. No habló como emitió un agudo llanto al llegar al mundo, tampoco como sonidos guturales inundaron de felicidad a sus padres y hermanas; menos aún como copió sus primeras palabras e inventó las propias, ni siquiera como cuando orgulloso deletreó o cuando recitó en la ceremonia escolar; tampoco como cuando se hizo presente en las charlas informales de amigos y familiares; menos cuando nerviosamente se declaró por primera vez o cuando formalmente hizo patente su amor por la mujer de su vida; para nada como cuando contó un chiste, una anécdota o eruditamente dio una clase o un discurso, al menos una opinión; en lo absoluto como cuando entusiasta lanzaba piropos o desafinado cantaba; no habló como cuando se enojaba, entristecía, o apasionaba. No, ya no, la palabra ya no se le daba, sus pensamientos se aglutinaban y ya no afloraban; sus pocas palabras eran meros recursos para expresar necesidades inmediatas y punto y final.

D.R. © Teófilo Huerta, 2007

Publicado en el Universo de El Búho, No. 102, noviembre de 2008 (versión pdf)

07 abril, 2008

A la conquista del territorio vendido

(A propósito de la controvertida publicidad del vodka Absolut)



A decir por sus hábitos, sus ropas y sus gustos, hay hombres en esta tierra (al menos en este territorio para unos con figura de cuerno retorcido) que viven en la abundancia, sin embargo otros padecen inseguridad, dolor, miseria.

Estos últimos se ven impresionados por el avance tecnológico del país vecino, por su libertinaje y lujo y, sobre todo, por el imán del papel verde que sin modificar su tamaño crece continuamente con respecto al insignificante peso del peso.

Esta es la historia de un hombre de cuarenta años, uno más que se atrevió a cruzar la frontera norte. Y el atrevimiento no fue tanto porque padeciera las inclemencias del desierto, la amenaza del río, el peligro de ser cazado como un pato por los minuteman, o apresado por los policías, no que va, si él pasó tranquilito por las aduanas aeroportuarias como todo un ejecutivo, el atrevimiento radicó en la locura de su objetivo.

Su viaje pues, lo tomó como una aventura, pero no para ir por las promesas de Las Vegas y retornar con los bolsillos cargados de valiosas monedas. Antonio, nuestro hombre, buen mozo, robusto, ingeniero, se fue a una aventura realmente conmovedora igual que alucinante: reconquistar el territorio que un día Santa Ana vendiera por lo que risiblemente hoy serían simples centavos.

Para esto Antonio nada dijo a nadie. Bueno, inventó un par de historias acerca de una oferta de trabajo o de tener los suficientes ahorros como para darse un tour por las diferentes citys del norte. Pero a nadie, ni de broma, le dijo que su verdadera intención era aumentar el tamaño del territorio nacional.

La idea le surgió en una de esas veladas entre profesionistas de su área, cuando un grupito con copa en mano se puso a opinar con ambiciones políticas de la situación económica del país, que el desempleo, que la inflación, que la sucesión presidencial, en fin, hasta que alguien le echó la culpa de todos los males al poderoso vecino del norte y entonces no faltó quien recordara las continuas intervenciones que dicho vecino ha tenido en nuestro territorio, a tal grado de habernos quitado parte de él. La discusión, como todas las precedidas por el alcohol, se dividió, y algunos recriminaron la posición del vecino poderoso, otros criticaron la flaqueza del gobierno que vendió parte del suelo patrio y algunos que, incluso, opinaron que esa había sido una medida ejemplar que ante la actual deuda debía ser nuevamente tomada y que mejor sería ir aprendiendo el inglés para no sufrir como los latinoamericanos que viven en el sur de los Iunaited Estéis.

Fue este último comentario el que retumbó en la cabeza de Antonio, con su copa también pero sólo para confundir a los colegas, más cola que brandy para mantenerse fuera de los posteriores pesares de la cruda. En esos instantes pensó en la defensa del territorio propio, en los símbolos patrios, en los héroes masacrados, en los hombres frágiles, cobardes y corruptos y pensó también en los miles de mexicanos desterrados, los más por falta de expectativas y dineros, y también en los demás latinoamericanos que han hecho de la nación más poderosa del mundo, una de las más interraciales, donde blancos, negros, orientales y ahora latinos se disputan la supremacía.

¿Minoría la latinoamericana?, se preguntó, ¡vamos a ver!, amenazó y desde ese momento, lleno de rabia y seguridad en sí mismo, se dispuso a concretar su plan, sin sentirse héroe “porque la época ya no está para eso”. Así tomo Antonio la firme decisión de reconquistar el territorio vendido.

La misma noche de la fiesta, ya en su casa, se desveló fraguando una y mil veces esa idea nacida de pronto pero llena de justicia. Tan pronto como amaneció, y tras de delegar funciones en su bufete, se contactó con estudiosos de la política, se metió horas y horas en la hemeroteca para consultar declaraciones de líderes chicanos, leyó libros históricos, se involucró en las estrategias militares desde Santa Ana hasta Villa, adquirió mapas y guías para compenetrarse en la geografía del lugar y tras de varias semanas, compró su boleto, hizo una pequeña maleta y voló.

Su destino elegido fue Los Ángeles. El aspecto de Toño era realmente sintomático de algo, aunque nadie adivinara de qué, no podía pasar inadvertido ante los ojos de los demás, llevaba una vestimenta totalmente folclórica, pretendidamente mexicana pero sinceramente ridícula. Su atuendo era una mezcla de jarocho, tapatío y quién sabe qué más. Paliacate al cuello, guayabera, chamarra de gamuza y sombrero de charro que terminó por cambiar por uno de norteño.

El tipo era realmente agradable, su fisonomía no despertó la más mínima sospecha entre los aduaneros de ambos países, las sobrecargos de la línea aérea se divirtieron atendiéndolo y a no ser por su enorme conciencia política (nacida de la noche a la mañana pero al fin y al cabo conciencia) podría haberse dejado mimar y dar un giro a sus inolvidables vacaciones.

Por supuesto que Antonio era tranquilo, en su cabeza no tenía la mínima intención de preparar una guerrilla, acaso una pacifilla. Tampoco tenía ambiciones políticas, ni quería ser un nuevo líder, todo pretendía hacerlo como en un hábil juego de ajedrez.

Cerró los ojos durante el vuelo y durmió. Y el viaje se convirtió en una estancia permanente. Primero se acomodó plácidamente en un hotel y como ermitaño comenzó a tejer su estrategia. Sacó su as bajo la manga, es decir sus recursos bien resguardados y sus proyectos de inversión, además por supuesto de sus conocimientos informáticos.

Pudo haberse convertido hasta en un competidor de Billy Gates, pero si bien desarrolló interesantes y novedosos programas, su objetivo no era acaparar un sólo campo, más bien su mayor creatividad aplicarla a sus estratégicos movimientos.

Se ganó la confianza de medianos empresarios, se asoció con ellos e inyectó grandes capitales. Para despistar al enemigo y sin renunciar a su nacionalidad, tomó la ciudadanía norteamericana y así dejó de ser un simple socio e invirtió en la bolsa de valores y muy subterráneamente poco a poco se fue adueñando de negocios y grandes firmas, naturalmente de informática, pero lo mismo de pan de caja que de tequila, de bancos que de restaurantes y agencias de viaje. Comercial y financieramente se apoderó de California y después de Nuevo México, Arizona y Texas. Su nueva residencia, modesta de todos modos, la trasladó a Phoenix.

A la par de su estrategia comercial avanzó con la social, sorprendentemente para los capitalistas no descuidó los derechos de los trabajadores y se ganó también la simpatía de sus connacionales.

Como en un juego de turista se jugaba la suerte, manejaba el dinero y compraba a diestra y siniestra hoteles, bancos, bares y cuanto su chequera pudiera cubrir.

Con este escenario ideal, Antonio comenzó la segunda parte de su plan, el más difícil y contradictorio desde su posición social: concientizar. A través de los sindicatos, de las comunidades de mexicanos y otros grupos organizó eventos sociales y culturales en los que hábilmente dejó escurrir sus ideas de repatriación con todo y territorios, que qué bueno sería, que era un ideal pero que sonaba bien, que tarde o temprano eso sucedería. Pero sus atentos escuchas solamente avalaban la parte idealista y cofraternizaban con él, no más, ninguna idea adicional, ningún por qué no lo hacemos, por qué no lo llevamos a la práctica.

De un golpe todo su paulatino plan, aquél que surgió una noche bohemia, ese fraguado lenta pero seguramente, jornada tras jornada bajo el disfraz del próspero empresario, se le venía abajo. Él mismo se desmoronaba, tanta inversión monetaria y en tiempo y de pronto su argumentación parecía (era) ridícula, ineficaz, sin resonancia. No adivinaba que los mexicanos trasterrados obedecían a otras leyes ya no digamos de la economía o de la política, sino de la simple razón.

Contuvo el enojo y esquivó la frustración, finalmente era tesonero. No presionó y continuó con sus reuniones y cursos sin insistir en el tema. Mejor sondeó personalidades, tenía que encontrar almas gemelas que le sirvieran de intermediarios.

Para esto pasaron años, pero él firme, sin compromisos sentimentales ni adaptación real a la vida norteamericana. Su idea era un credo. Más allá de los satisfactores que le rodeaban el no podría traicionarse a sí mismo y renunciar a su locuaz proyecto. En lo material ese plan le había salido prácticamente perfecto, pero se percataba que la voluntad humana era la más difícil de manejar.

Por increíble que parezca sí encontró esas almas gemelas, sobre todo en aquellos cuya permanencia en el país vecino era incierta y desoladora, con expectativas truncadas y con un futuro incierto. Esos peculiares inmigrantes ilegales se convirtieron en su ejército.

Bastaba con tener empatía con el resto de mexicanos arraigados o indiferentes, ya no era fundamental aleccionarlos, contaba con algunos buenos (e ilusos) estrategas y así retomó convencido su discurso y lo proclamó primero en nutridas juntas, después ya en algunos espacios abiertos por barrios hasta convocar a un primer mitin bastante concurrido.

Naturalmente su discurso se tiñó de proclamas por la defensa de los valores y los derechos de los migrantes. En ello nada de nuevo había sino la singular condición empresarial del proclamante. Eso para algunos despertó sospechas, para muchos otros desconfianza. No obstante, el buen Antonio repitió su discurso en varios puntos de California, Arizona, Texas. Llenó plazas y comenzó a despertar inquietudes en los gobernantes no tanto por el fondo de su discurso sino por el movimiento social que generaba.

Los grupos migrantes aprovecharon las numerosas asambleas para reivindicar sus derechos y exigir igualdad, los indocumentados para pedir consideración y respeto.

Ya en pleno dominio de sí le salió la casta de auténtico orador y enumeró desde los héroes de la Independencia, pasando por Juárez y Vasconcelos hasta mencionar a contemporáneas figuras del movimiento chicano. Arrancó gritos de las multitudes y hondeo el lábaro patrio, subrayó la esencia de nombres castizos que una gran cantidad de ciudades conservaban. Fue así como abiertamente expresó el reencuentro de esos territorios con la nación azteca. Pero entonces los coros no fueron iguales. Sí, sentimos una pertenencia al lado de allá que dejamos pero si salimos fue por mucha inoperancia gubernamental, decían algunos. Somos mexicanos pero de acá, decían otros. Por eso somos orgullosamente chicanos, pronunciaban los demás. Mejor gringuitos morenos que mexicanos hambrientos se atrevían a señalar algunas voces.

Ya ante las masas, líderes, gobernantes y periodistas, Antonio no tuvo el menor rubor en declarar sus intenciones. Preocupó por su retórica más que por su eficacia y comenzó a resentir presiones en sus empresas pero no se arredró.

Argumentaba convencido que la economía de esos estados ya les pertenecía y ni que decir de la cultura. Pero entonces comenzó la deserción. Cómo sería posible ser administrados por el gobierno de su nativo país, sí pero que no garantizaba absolutamente un futuro certero. Y Toño insistía en que la solidez económica de los estados les permitiría una solidez política y una auténtica soberanía.

El descaro fue querer venderle la idea al presidente de México, le ofreció incluso de su bolsillo recursos para que ofertara por la compra. Igualito que el territorio dejó de ser nuestro por una vaguedad de antiquísimos pesos, hoy se podrían ofrecer millones de dólares por recuperarlo. Por supuesto la presidencia hizo caso omiso del asunto.

Total que nuestro hombre cimbró el sur de la nación más poderosa. Con la polarización de criterios pero algunos grupos le eran fiel, otros reticentes pero con la bandera de los migrantes, algunos más pensaron que la idea podía tener cierta lógica si en lugar de retornar los territorios pudiese gestarse un movimiento independentista de toda esa región y crear un nuevo país: Hispania o Hispamérica, como el título de una revista. Esta idea entusiasmó incluso a los demás inmigrantes del caribe, Centroamérica y cono sur. Otros líderes con esa corriente comenzaron a surgir y esos sí a poner nerviosos a los gobernadores y al propio presidente norteamericano.

Muchísimos más se oponían y juraban fidelidad a la nación de las barrras y las estrellas, ni que decir de los anglosajones que casi sintiéndose minoría comenzaron a organizar grupos defensores y a hacer también alusión a su historia y la lucha que representó la unión que ahora un trastornado pretendía fracturar.

Plazas y calles de pueblos y ciudades se inundaron de exacerbaciones nacionales, unos enarbolaban la bandera mexicana, otros la americana y los partidarios de Hispamérica inventaron una nueva.

La embajada y consulados mexicanos ni tardos ni perezosos se deslindaron del nativo mexicano y fijaron su posición de respeto a los Estados Unidos.

Bajo ese panorama y no sólo por su papel de agitador, inteligente y mañosamente a Toño se le fincaron graves conexiones con rebeldes y terroristas y le sembraron armas en su domicilio. Con esos cargos fue a dar tras los barrotes y él pensó que eso le daría fortaleza y podría desde prisión continuar con sus planes, la parte heroica lo comenzaba a perder.

Recibió consejos de sus familiares (lejanos, pero tenía) colegas y amigos que no daban crédito en lo que había ido a parar. Lo reclamaban en su país, le pedían suavizara su posición y cediera para en breve obtener su libertad. Con oídos sordos en plena reclusión comenzó a aleccionar a los presos. Había cultivado sorprendentemente la motivación y la oratoria y convenció a la mayoría de sublevarse; las penosas condiciones intramuros permitían que los cerebros de sus pobladores fueran campo fértil para semejantes ocurrencias.

A pesar de los esfuerzos de sus allegados y abogados y cuando en ellos animaba la posibilidad de al menos una expulsión a su país de origen, todo fue en vano por la movilización que ya había generado e incluso con conexiones a otras prisiones en las que había indicios de rebelión y apoyo del narcotráfico. Antonio fue inclementemente juzgado por agitador social y condenado a la inyección letal.

Lo paradójico del asunto es que siendo amante del país de cuerno retorcido y a expensas de la ciudadanía norteamericana que un día tomó según por estrategia, el veredicto histórico fue el de “traición a la patria”...sí, a la que no sentía suya, de la que renegaba, a esa que le había robado kilómetros a su auténtica patria del sur y de la que un día cualquiera soñó desprenderle las tierras que pensaba justificadamente rescatables.

D.R. © 2006 Teófilo Huerta

04 abril, 2008

Huracán


(Foto Wikipedia)

Depto. 2
Veracruz, Ver., 2025

El norte ha azotado inclemente la ciudad. Pero ¿cuál ciudad existe para Inés? Las roídas paredes de su apartamento son los mismos límites de su existencia. La caliche se desprende y forma parte de las incontables páginas de sus libros.

Para Inés estudiar no es ni un deber ni una virtud, más bien es su refugio. Para ella no hay vecinos, ni vida externa. Todo se lo llevó la muerte de su abuela a quien siempre sirvió.

Allí, sometida al yugo de las palabras, Inés presta sus ojos a las líneas de los libros que jamás devolverá a la biblioteca. La verdad no lee, recorre párrafos y más que entenderlos se inmiscuye en ellos.

Sólo son dos libros sobre la mesa y uno en sus manos; no son viejos, pero la humedad y la grasa de los dedos de Inés que van y vienen entre páginas y vueltas a la cocina, los hacen vetustos.

Las persianas no dejan pasar luz. Las ventanas están selladas. ¿Hay realmente ventanas? El norte de la ciudad a Inés no le incomoda. La vida materialmente ya no existe para ella. Su vista recorre los libros y basta; ese es su destino, ese es su entretenimiento.

Otrora Inés leía con diferente ánimo, pero siempre iba y volvía de la escuela. A la mesa acompañaba a su abuela y le contaba de sus clases y de sus lecturas. La abuela se interesaba, la hacía sentir alguien.

Ahora, ¿hay ahora?, Inés sólo recorre, cien, doscientas, mil veces las líneas. Prófuga del pasado y del presente, sólo repite historias ajenas y se involucra con personajes ficticios. Inés no es la misma.

Depto. 102
Veracruz, Ver., 2026

Traza líneas como se lo dicta el pulso, sobre la grisácea superficie que antes diera vida a tantos proyectos de edificios, centros comerciales, casas y hasta monumentos.

Ernesto se rasca la cabeza, la comezón se lo come de tantos años de no bañarse, desde aquel día en que la tubería se rompió y dejó escapar hasta la última gota de agua.

Se angustia ante el restirador, las ideas no le fluyen. Pareciera que tuviera la presión por cumplir con una entrega. Arroja el lápiz desesperado y con la regla rompe la hoja, la arranca y tras suspirar en busca de serenarse, apoya nuevamente sus manos ante la siguiente hoja en blanco, toma otro lápiz y parece que por fin surgen hábiles los trazos y nace el bosquejo de un parque de diversiones.

La sonrisa se dibuja en el rostro de Ernesto, se fascina por su diseño y a la par que define detalles, recrea con su mente los años de su infancia, cuando él se llenaba tanto de sube y baja, columpios y resbaladillas y soñaba con cohetes ya rtefactos espaciales que lo separaban de la Tierra y le abrían otros mundos, otras sensaciones e ilusiones.

Vuelto a la realidad, la sonrisa se le descompone en profunda tristeza y la lágrima que se le escapa va a parar justo a un columpio que se deshace; cruel paradoja de lo que hacía años seguramente habría ocurrido en un parque cercano, donde gotas, quién sabe si de lágrimas divinas, acompañadas de viento, arrasaron con juegos, casas, seres, proyectos.

El perfil de Ernesto extiende su lágrima sobre el dibujo y borra toda la estructura del columpio. Otras gotas caen en la resbaladilla, en las columnas tipo caramelo de la entrada, en el techo del restaurante y el huracán llega con la revoltura de los mocos y de los soplidos con saliva que la trágica cara de Ernesto expulsa ya sin consuelo. Sus uñas se encargan de destruirlo todo y abrazado al restirador encuentra por fatiga el consuelo y el sueño, como tantas otras veces.

Depto. 403
Veracruz, Ver., 2029

Han recogido todo, hasta su vida durante 25 años. Los cuadros no los han podido desprender de esas paredes sucias y oscuras que acompañaron su matrimonio. Los pocos muebles que han conservado desde entonces –jamás salieron de compras, ni renovaron su hogar- parecen muchos apilados al centro para mudarlos.

Han procurado vaciar del todo el lugar, sacar hasta el temor que los ha asolado siempre.

Por fin ha existido algo de movimiento en el edificio amarillo. Los vecinos, no obstante, no se atreven a asomarse para ver la mudanza del joven matrimonio; pero igual por el ruido y los murmullos, se enteran de oídas de lo que pasa. Quizá todos quieren mudarse, huir de esa cárcel en que se ha convertido el lugar, pero el miedo los domina, el espectro de un dueño de sus destino los amenaza a resistir, a quedarse, a aislarse de todo y de todos.

Algunos de los muebles recuerdan a los dos hijos del matrimonio, pero éste prefiere no recordar y mecánicamente suman sus cunas al resto de la mudanza. Parecen estar preparados, son jóvenes todavía, la vejez la llevan en el alma. Se han atrevido a abandonar su refugio. Los vecinos –de oídas- están incrédulos, es una amenaza, una falta de respeto al destino, una tentación mayúscula. Pero el matrimonio está decidido, dejan su apartamento y con él el resto de lo que han sido.

Depto. 404
Veracruz, Ver., 2029

El esposo ha sido el primero en traspasar la puerta del 403 para entrar a su nueva morada, muy cerca de allí. Tiene la misma distribución, incluso es más oscuro, más tétrico, ideal para terminar con sus días.

La mujer se entretiene en recoger algunas cosas todavía y se amarra unos minutos, ¿u horas?, en su viejo departamento. El esposo ya ha tomado la iniciativa de barrer el nuevo (¡!!!) aposento. Sólo hay un gran ropero en él, vacío e incómodo. El hombre mete la escoba por los rincones y saca kilos de mugre, de polvo que huele a tragedia, a pasado, a momentos indescifrables. Se comienza a asfixiar, quién sabe si por la alergia al polvo o por el enfrentamiento al pasado que no se borra.

El esposo continúa su tarea, pasan las horas ¿o las semanas? Y el departamento sigue igual. Las ventanas están clausuradas y por la puerta no circula el aire. Tendrán que vivir (¿?) así, entre polvo.

Depto. 404
Veracruz, Ver., 2029

El matrimonio estrena apartamento. Felices no están, pero al menos creen estar y ser los únicos que habitan aquella estructura. Todos, cada quien en su morada, creían ser los únicos. Claro, más el matrimonio al que estupefactos han escuchado que se muda.

El 403 ha quedado abandonado. La mujer y su esposo sienten que han traicionado a sus hijos y a su vida y tienen deseos de recomenzar la mudanza y regresar a su antiguo departamento. Se ven y con la mirada se lo dicen; no hablan porque no saben si después de tantos años puedan pronunciar palabras, ni siquiera saben si existen todavía las palabras.

Están a punto de volver a abrir la puerta pero un toquido los paraliza. ¿Quién más, aparte de la muerte, los puede visitar? Es la suegra de la mujer. La pasan, están incrédulos.

Pareciera que ningún huracán hubiera afectado sus vidas. El hijo le acerca una silla a su madre y ésta se sienta. Sus arrugas y canas se ocultan tras de una renovada alegría de ver a sus familiares. El matrimonio no da crédito, siente como antaño la visita pero presiente otra no deseada.

Exactamente. Otro golpe a la puerta. Para esto más de un vecino también se han atrevido a quitar las trancas de las ventanas y a asomarse, los han inquietado primero la mudanza y luego los golpes. El hombre se arma de valor y se acerca a la puerta. ¿Quién puede ser? ¿Sus hijos? ¡!!!!!!

No. Es el portero. Un cincuentón de cabello largo y cano. Lleva la misma gabardina beige con que apareció aquel día cuando tocó puerta por puerta y dio el aviso del cruel huracán. “Nadie salga de sus casas”, habría dicho, “Atranquen puertas y ventanas, el mar se nos viene encima”.

Todos obedecieron entonces y él hizo lo mismo. Ahora salía a investigar quién osó mudarse y quién después de él se atrevía a tocar una puerta.

Pasa al interior del 404. La suegra extiende la mano, pero el portero la ignora y sólo recorre con la mirada el departamento, ve con reproche y odio a los ojos del esposo, da media vuelta y traspasa la puerta. La suegra se ofende, se levanta a perseguir al hombre de la gabardina beige, se atreve sí, a abrir los labios y a emitir con desesperación un “Oiga, ¿usted quién se cree?”. El portero toma la escalera hacia la azotea, perseguido por la suegra y más atrás por los esposos. Poco a poco, como zombies, más vecinos traspasan las puertas y se suman a la caravana.

Todo es confusión, muchos se aterran al revivir el movimiento de aquel día, carreras por los pasillos y las escaleras, gritos, aprehensión por estar todos unidos, por salir a la búsqueda de la abuela, tías, hermanos…hijos y el portero inmóvil que resguardaba el zaguán rojo con dos maderos cruzados, todavía con agua escurridiza por la gabardina.

Ahora a la gabardina beige del portero no le escurre agua, sino sal. Ha llegado a la azotea seguido por la multitud. Se para y ve el horizonte, con una mirada perdida, triste, vacía…Todos atrás de él, contemplan el mismo panorama y se les enchina la piel. La mayoría alguna vez vio el nítido paisaje, el inmenso y tranquilo mar azul, las palmeras. Algunos antes de correr y guarecerse por años en sus departamentos, alcanzaron a ver ese mismo mar furioso salirse de su espacio, arrancar esas mismas palmeras y comenzar a llegar muy cerca de ellos. Otros más se quedaron justo ahí y ahora sus fósiles restos esparcidos por lavaderos y piso, son vistos por sus antiguos vecinos.

El panorama hoy es diferente, no más agua azul tranquila ni violenta, ni siquiera agua en los ojos de los testigos mudos, paralizados, extrañados, perdidos.

Calle Emiliano Zapata, no. 144
Veracruz, Ver., 2056

Ha llegado el equipo de ingenieros y trabajadores. Algunos con guayabera o camisas cortas, otros con el torso desnudo.

Unas diez máquinas atraviesan el desierto de Veracruz y se detienen a escasos metros del edificio amarillo.

-Increíble ¿verdad? –comenta un ingeniero a su compañero- ¡Cómo pudo resistir esta estructura!

Y luego da la orden para su demolición:
-¡Adelante!

Feliz, el grupo contempla la destrucción del único estorbo para levantar en pleno desierto de Veracruz, una plataforma petrolera que será “orgullo de todos los mexicanos”.


D.R. © 1993 Teófilo Huerta

02 octubre, 2007

La agenda

Francisco se ocupaba desde hacía muchos años de agendar meticulosamente todas sus citas y actividades, fueran laborales, sociales o privadas.

Tenía una profunda fascinación por las agendas. Era como tocar el tiempo en su conjunto, el pasado, el presente y el futuro.

Regaladas o compradas, siempre elegía con anticipación la agenda del próximo año y se deshacía por estrenarla.

Aunque las prefería por semana, un fin de año encontró una que era por días que le atrajo mucho y la adquirió personalmente. Apenas comenzó el siguiente año, destruyó parsimoniosamente su agenda vieja y a la nueva la colocó estratégicamente sobre el escritorio de su oficina y comenzó así a programar sus pendientes, obligaciones y compromisos; su vida toda.

Antes de concluir cada jornada laboral daba vuelta a la hoja para ver sus actividades del día siguiente. Todo iba de maravilla como siempre cuando un día de marzo dio la ritual vuelta a la hoja de su agenda y para su sorpresa se encontró con que se saltaba el día posterior, no había mañana. Incrédulo regresó a la hoja actual y a repasarla con sus dedos, pero no, no había error, se saltaba una fecha. Ya inquieto pasó las siguientes hojas para ver si no estaba traspapelada, pero tampoco. Se llevó la mano a la frente y la bajó hasta la boca. De pronto un escalofrío invadió su cuerpo y una idea se posesionó de él, era posible que el día siguiente no existiera para él, mejor dicho, el no existiría para el día siguiente, a lo mejor su muerte estaba señalada. Vio su reloj y sin pensarlo mucho salió sin avisar directo al establecimiento donde había adquirido la agenda. Entró, buscó una agenda igual y no encontró sino un par que eran diferentes. Volvió a ver su reloj y se dio cuenta que perdería mucho tiempo en buscar una idéntica, así que tomó una, la pagó y de inmediato la revisó día por día; al verificar que estaban los 365 días del año se tranquilizó un poco.

De vuelta en su oficina y ya casi solo, por una cosa de superstición se dio a la tarea de transcribir a la nueva agenda todo lo que había puesto en la que tenía en su escritorio. A hora y media de que terminara el día, la rapidez y los nervios arrojaron una letra no muy pulcra, pero logró su cometido, luego destruyó la que había sido su agenda favorita y la depositó en un basurero lejano a su espacio. Respiró profundamente, dejó impecable su agenda señalando el próximo día con sus respectivos compromisos, tomó su carpeta y saco y salió rumbo a casa.

Ya en su hogar espero algunos minutos para traspasar el día, no fuera a ser que la “medicina” no funcionara y de todos modos no viera la fecha siguiente. Después de las 12 se tranquilizó más y hasta sonrió, se fue a recostar pero con todo y los obstáculos superados, el miedo le impidió conciliar el sueño sino hasta muy entrada la madrugada. Por fin despertó y se sintió verdaderamente aliviado, estiró feliz su cuerpo y le dieron ganas de tomarse el día e ir al campo a relajarse, sin embargo pudo más su responsabilidad al recordar una cita importante de trabajo, incluso sonrío pues el recordatorio le llegó por la imagen mental de la cita apuntada en la agenda sustituta.

Tras de arribar a su oficina, el día transcurrió sin novedades ni inquietudes. Al llegar la hora de partir volvió a sonreír por lo sucedido la víspera y ahora con mucha seguridad dio vuelta a la hoja de su agenda y repasó las actividades del mañana. Tomó sus cosas y salió, hizo escala en un restaurante donde cenó a placer y después llegó a su casa directo a la cama. Muy tranquilo suspiró y pronto cerró los ojos y durmió. De su sueño jamás despertó.

D.R. © 2003 Teófilo Huerta

Publicado en la revista Universo de El Búho, No. 84, abril de 2007. (Versión pdf)

21 junio, 2006

¡Últimas noticias!


Participante en el
Primer Concurso Nacional de Cuento
de Ciencia Ficción organizado
por la representación del CONACYT
en Puebla (1984)

Cualquier semejanza con una novela de Saramago NO es coincidencia.



Los científicos, los religiosos y el hombre en general, no se explicaban las causas de tan singular fenómeno que afectó a toda la Tierra y puso en peligro la vida de sus habitantes, su estabilidad, su congruente equilibrio ecológico y su capacidad para albergar tantos seres.

El hecho ocurrió de pronto en todos los países, en unos de día en otros de noche. La noticia se comenzó a difundir y parecía meramente local, pues la gente, cansada de leer, oír y ver informaciones sobre las guerras de Medio Oriente y Centroamérica, las amenazas de una guerra radioactiva, las alzas en las tasas de interés para las deudas de los países subdesarrollados, los golpes de Estado y la intervención extranjera, no daba crédito a los titulares de los periódicos de ese día: “NO MURIÓ NADIE AYER!”, “NINGÚN ACCIDENTE NI DEFUNCIÓN”; sin faltar aquellos encabezados ingeniosos: “THANATOS VENCIDO”, “LA TILICA Y FLACA DE VACACIONES”.

Semejante hecho sí era una noticia, por todo lo que de novedad contenía. Los noticieros radiofónicos y televisivos ampliaban la información, ante un público expectante y sorprendido.

- “Confirmado –decía el carismático y confiable locutor-, el día de ayer no se reportó ningún homicidio, suicidio ni accidente imprudente en delegaciones o juzgados…Nuestros reporteros realizan en este momento una acuciosa investigación en todos los velatorios y hospitales, pues, al parecer, ayer tampoco murieron enfermos graves”.


En las oficinas, en las escuelas, en los cafés y en los vecindarios, todo mundo comentaba el acontecimiento, pero en un ambiente sereno, puesto que se temía escuchar en pocas horas las mismas noticias de siempre. El suceso se consideraba ciertamente extraordinario, pero al fin y al cabo pasajero.

Sin embargo, el público se enteraba de más reportes sobre el asunto. A dondequiera que se moviera la aguja del radio o el selector de canales del televisor, los periodistas daban pormenores del que ya era considerado todo un fenómeno.

- “Nos enfrentamos a un hecho sin precedentes, son ya 48 horas sin que se registre una muerte, no sólo en nuestro país, pues según los cables de las agencias internacionales, éste es un caso mundial”.

- “Esto es algo insólito, los hospitales comienzan a quedarse vacíos, pues los pacientes sanan milagrosamente y en las últimas horas no se registra ni un catarro, ni una diarrea”.

- “Noticia de última hora: la ausencia de fallecimientos no se restringe solamente a una potente y misteriosa capacidad del organismo a regenerar sus funciones en el caso de los que estaban enfermos y a evitar la entrada de virus en el caso de los sanos, no, lo más increíble es que el ser humano se ha hecho invulnerable a los accidentes y a las balas de acuerdo con los últimos informes de nuestros reporteros”.

- “Desde el kilómetro 25 de la carretera México-Cuernavaca les comunicamos sobre el violento choque entre dos autobuses de pasajeros en el cual los vehículos quedaron prácticamente deshechos, pero sus ocupantes están ilesos, repito, los ocupantes de los dos autobuses que acaban de chocar están ilesos”.

Por su parte, las empresas periodísticas comenzaban a tener un gran auge; se tiraban ediciones especiales que se vendían en enormes cantidades. Los encabezados seguían siendo sumamente llamativos: “EUFORIA MUNDIAL”, “¡SOMOS INMORTALES!”, “¡SÓLO FALTA QUE RESUCITEN LOS MUERTOS!”.

Un ambiente de fiesta surgió en todos los hogares, en muchos de ellos había auténtica algarabía. Los más felices eran aquellos que en un par de minutos abandonaban los sanatorios donde eran tratados de incurables males del corazón, de los riñones, de la vesícula; parecía que por fin el cáncer y el sida habían sido derrotados. También eran dichosos aquellos que a pesar de ser atropellados, fusilados, navajeados, ahorcados y ahogados, estaban enteramente sanos.

El júbilo era casi general, aun los que no habían atravesado por peligro alguno se sentían seguros de que nada les pasaría. Los niños jugaban sin cansarse y repetían las frases de los adultos: “no vamos a morir, no vamos a morir”. Los jóvenes vaciaban materialmente las vinaterías y además de emborracharse profusamente (las crudas habían desaparecido), rociaban el contenido de las botellas sobre su cabello. Los ancianos, estupefactos e inyectados de energía, bailaban, cantaban y no paraban de platicar acerca de sus proyectos a largo plazo.

- Tenemos tantos años por delante Juventino –decía entre suspiros una viejecita.
- Tantos no Mariquita, tenemos todos, ¡todos los años por delante!
- Es verdad Juventino, quién lo iba a decir ¿verdad?
- Pues usted dice Mariquita, ahora que tenemos todos esos años y hemos recobrado fortaleza, podríamos ser muy felices juntos…
- ¡Ah que don Juventino, no haga que me sonroje!

Hombres y mujeres festejaban velada tras velada su inmortalidad, ebrios de dicha rompían calendarios y los lanzaban al viento, otros, seguros de la eterna prosperidad se sus negocios se atrevían a regalar billetes a los limosneros que aún no acertaban a definir su situación, pues a pesar de tener garantizada su salud, no dejaban de padecer la indiferencia de la sociedad.

Los más contentos, sin temor alguno, se subían a lo alto de los edificios para aventarse una y otra vez. Todos los sitios estaban convertidos en verdaderos centros de variedades, incluso en las iglesias los fieles alababan con gritos a Dios, a pesar de la prudencia que los padres invocaban.

Aunque en los noticiarios y en programas especiales se trataba de dar una explicación al fenómeno, a la gente sólo le interesaba disfrutar de su nueva condición y ni siquiera daba crédito a los rumores de que esto fuera eventual.

-“Algunos científicos de Massachussets –apuntaban los locutores- opinan que el actual fenómeno de supervivencia puede estar ligado a la existencia de sustancias químicas hasta ahora desconocidas, desprendidas con el reciente nacimiento del volcán Pipiolo en Sevilla…
“Otra de las teorías es la que mantienen especialistas de Moscú, quienes atribuyen la existencia del fenómeno a una variación de la órbita de la Tierra, provocada quizá por la interferencias de tantos satélites espaciales…
“Por su parte, Su Santidad declaró en El Vaticano ante una multitud de fieles, que hoy como ayer, cualesquiera que sean las condiciones materiales que subsistan, no hay que dejarse tentar por las cosas mundanas que nos ofrecen una relativa felicidad y que, ante todo, más que festejar una presunta inmortalidad del cuerpo, hay que preocuparse por la salvación del alma…
“Tanto los científicos como el Papa, tienen sus reservas acerca de que este fenómeno sea efectivamente perenne”.

Sin embargo, pronto comenzaron a manifestarse conductas que nadie había previsto y que ocasionaban serios problemas a las autoridades de cada país, de cada región, de cada pueblo.

Los médicos estaban desesperados por no poder atender ni una herida, ni un dolor de cabeza, ni siquiera una fractura; el organismo humano se había vuelto perfecto. En estas condiciones, algunos doctores prefirieron dedicarse únicamente a partos, mientras que otros intentaron ejercer diferentes actividades, lo mismo que los empleados, gerentes y dueños de velatorios y panteones. Incluso muchos de los nuevos y lujosos cementerios, se convirtieron en clubes de golf y en centros recreativos privados.

Las empresas de seguros de vida ya no tenían clientes y resentían quiebras igual que muchos laboratorios farmacéuticos. Por su parte, los policías trabajaban horas extras para rastrear y atrapar a ladrones que, confiados en no convertirse en asesinos, obligaban a sus presas por la fuerza solamente, a entregar sus bolsos, carteras y joyas.

Conforme pasaban las semanas, la situación se hacía más complicada. Muchos jerarcas políticos, azorados por la presencia inusitada del fenómeno, prefirieron hacer una tregua indefinida en los campos de batalla. No obstante, otros líderes con su mentalidad expansionista, optaron por ordenar a sus soldados luchar primitivamente cuerpo a cuerpo y colocar ingeniosas trampas para cautivar al mayor número de enemigos.

A pesar de que la humanidad estaba relativamente más unida y su principal meta era vivir, vivir y vivir, las relaciones diplomáticas entre los países no variaron mucho, pues con muertos o sin ellos, los ambiciosos intereses de ciertos estadistas se mantenían inalterables.

Muchos problemas dejaban de serlo en estas condiciones. Ya no existía el drama de la falta de alimentos y la desnutrición; los seres humanos vivían aunque no probaran un bocado. La contaminación ambiental ya no amenazaba a los pulmones de los habitantes; se incrementaba el número de fumadores y bebedores sin perjuicio de su salud.

Pero nuevos problemas se generaban: la producción de alimentos ya no tenía la misma demanda, la balanza comercial entre los países sufría por lo mismo un notorio desajuste. Y ni qué decir de la producción de armas bélicas, base económica de las potencias mundiales; ahora esta rama estaba totalmente paralizada, a nadie se podía matar y ello ocasionaba drásticos cambios en los movimientos financieros del mundo entero. Era la recesión más grave que había padecido la humanidad.

Con este panorama de desestabilización tanto política como económica, la inmortalidad era una nueva amenaza para la paz social. En cada región la gente resentía los efectos de la crisis: el desempleo se agudizaba terriblemente, el nivel de vida bajaba en forma sensible, la lucha de clases se polarizaba más que nunca.

Cuando terminaron las manifestaciones de euforia por la inmortalidad, lo cotidiano resultó más angustioso. La ambición por el poder y las cosas materiales crecía, la competencia en todas las esferas de la vida era más evidente. Todos querían vivir pero vivir bien, tener el mejor puesto, las mejores oportunidades, el mejor porvenir…y la realidad era otra: la gran mayoría podría vivir, pero mediocremente.

Las disputas por envidia, egoísmo y miedo se suscitaban hasta en el más pequeño rincón de la Tierra, entre socios, amigos, esposos, padres e hijos.

- Andrea, no me puedes abandonar, juraste amarme toda la vida.
- Pero Felipe, ¿no te das cuenta que ahora no hay muerte que nos separe?

Los compromisos nupciales entraban en desuso, las herencias ya no funcionaban y los supuestos beneficiarios tenían que rascarse con sus propias uñas. Los abogados se arrancaban el cabello para resolver si era de justicia aplicar más penas de “cadena perpetua”.

Mientras la tasa de natalidad crecía, la de mortalidad ya no existía. El mundo se poblaba aceleradamente, se había roto cualquier pronóstico que de por sí era alarmante.

En forma paradójica, aun sin bombas radioactivas y de neutrones, la Tierra carecía de paz. Era difícil pensar en un solo ser que pudiera estar tranquilo, alegre. Reinaba la incertidumbre, todo el mundo comenzaba a inquietarse por la forma de vivir su inmortalidad, de sacarle ventaja a los demás. El caos era aterrador. Se respiraba tensión.

A pesar de estar garantizada la salud física de los humanos, poco a poco se empezaron a registrar desequilibrios mentales a raíz de la intensa angustia que privaba entre la gente. Los psiquiatras que ya se dedicaban a otras tareas volvieron a ser solicitados por clientes ansiosos de hallar la paz. Con los psicoanalistas, los pacientes deseaban encontrar una respuesta al qué hacer con su inmortalidad en un mundo desquiciado y conflictivo.

La angustia de las personas no se quedó en los consultorios sino que, ante el pánico de los demás, los manicomios volvieron a llenarse. Los nervios atacaban inmisericordemente. Esto asustaba más a la gente, ¿de qué servía vivir eternamente en un estado de neurosis?

Los habitantes estaban desilusionados, confundidos, atrapados de por vida en un planeta desconcertante.

De pronto, después de quién sabe cuántos días o meses, en una ciudad en la que se construía un edificio, un trabajador, tras caer desde un piso doce, no se levantó de la acera. Tímidamente la gente se acercó y rodeó al hombre. Estupefactos, incrédulos, paralizados, todos clavaron su mirada en el hombre inmóvil; nadie lo quería tocar. Por fin un valiente se hincó, tomó el pulso al trabajador y atónito se dirigió al grupo y dijo:

-¡está muerto!

En diferentes sitios se sucedieron, uno tras otro, casos similares. Por aquí un infartado, por allá un atropellado, un incinerado, un ahogado. Cuerpos a los que se les desprendía el alma ante la expectación de la multitud.

De emergencia volvieron a abrirse hospitales, salas de inhumación y panteones. Una rara paz cargada de misticismo y resignación envolvía el ambiente. Los encabezados de los periódicos aludían de nueva cuenta a los conflictos bélicos, los discursos políticos y las alzas de precios.

Sin manifestaciones de júbilo, pero tampoco de desesperación y llanto, los seres de todos los confines acogieron la vuelta a la normalidad y, más que eso, a la naturalidad.

La vida en todos sus órdenes se comenzó a reorganizar. Volvieron antiguos conflictos, pero ahora la gente contaba con una voluntad especial para superarlos dentro de sus propios límites, los límites que impone la mortalidad.

D.R. © 1986 Teófilo Huerta
Impreso en 1987 por Ed. Quetzalcóatl
Publicado en la revista El Universo de El Búho, No. 73, abril 2006

Las intermitencias de las letras


Con dedicatoria especial a José Saramago

(Imagen: Pintura, Virginia Palomeque)


El señor A es un desconocido. El señor B es Bastante prestigiado y famoso. El señor A es de la tierra Azteca. El señor B tiene origen portugués.

El señor A se viste sencillamente. El señor B se disfraza de luchador social. El señor A camina satisfecho. El señor B avanza pero tropieza miopemente.

El señor A en su vértice crea una modesta pero original Obra. El señor B desgastado por los años con gula se come la O del señor A, la deglute, la descompone y la Excreta.

Esa E del señor B se disemina por todos los confines de la Tierra con todo y O pero sin la firma del señor A. El señor A sólo observa la descomposición en que se ahoga su O y busca sacarla de la inmundicia. La tarea no es sencilla, pues al señor B también se le ha perdido su O de Originalidad.

Pero para el señor A no todo está perdido porque en su vértice recrea su O y la sabe suya. Mientras que el señor B se autoengaña con la prestada fama que le da la O de la A y sigue sin rescatar su O.

Basta con que alguien crea y reconozca la O del señor A, pero ¿podrá alguien ayudarle al señor B a encontrar su O?

D.R. © 2006 Teófilo Huerta
Publicado en la revista El Universo de El Búho, No.79, octubre de 2006

La mujer rojinegra



Mención Honorífica
Certamen El Cuento Triste
Reforma/Alfaguara
1997
(Imagen: Santa, pintura, Gina Intveen, Chile, 2007)

Contaba con tiempo de más para regresar a su oficina, así que aprovechó para hojear algunos libros en aquella tienda donde antes había comido.

No tenía una preferencia particular, lo mismo pasaba de un libro de ciencia ficción, a uno de algún clásico y a otro sobre superación personal. Tomaba cada libro, leía la contraportada y si le interesaba iba al índice y de ahí a algunos párrafos al azar.

Realmente mantenía la concentración y no levantaba la vista sino para ver títulos. De pronto sintió una mirada que lo hizo voltear, buscarla y encontrarla reflejada en la columna de espejo. Era la imagen de una bella joven de cabello castaño, vestido rojo con suéter y botas negras que a unos diez metros revisaba unos bolsos.

Nervioso, quiso sostenerle la mirada a la chica, también espejo de por medio, pero ella fingió entonces indiferencia. Volvió al libro que sostenía en las manos, pero las letras que sus ojos advertían ya no eran registradas pues su cerebro le ordenaba pensar en la mujer.

Se animó nuevamente a buscar los ojos de la joven y los ubicó en otro ángulo del espejo. Ella esbozó una sonrisa y él jaló aire para evitar sonrojarse antes de devolverle el cumplido. La mujer rojinegra se desentendió y avanzó algunos pasos para ver ahora unos cinturones.

Ya interesado, también él caminó hacia otro pasillo hasta quedar con otra cara del espejo de frente para no perder de vista a la chica. Quería de plano dejar el libro, pero lo sostuvo como pretexto para no verse ridículo.

Volvió a una página del libro, trató de leer algo como una acción mecánica encaminada a controlar sus nervios. Sintió lograrlo, así que ahora calculó la correspondencia real de la ubicación de la mujer con respecto a su imagen en el espejo y volteó dispuesto a sostenerle la mirada. Se extrañó por su error de cálculo y entonces tranquilo volvió la vista al espejo, vio a la mujer ligeramente desplazada que examinaba unas mascadas y sonrió por la coincidencia del movimiento. Volteó otra vez y no encontró nada. Sintió un vacío. Se pasó los dedos por los párpados y con resolución hizo un recorrido exhaustivo con la vista sin tener éxito.

Ya incómodo, dio la vuelta a la columna y vio nuevamente a la mujer que al tiempo de probarse un perfume, le sostenía la mirada, levantaba la barbilla y pasaba su mano por la cabellera en abierta invitación.

Los dos se vieron. Ya no existía duda en cuanto al ligue. Para asegurarlo bastaba con que él se acercara, le ofreciera un cigarrillo, le dirigiera alguna palabra y después con la facilidad de la cafetería en el mismo interior de la tienda, invitarle a tomar algo. El único “pero” era que al voltear al escenario real, la mujer no escapara como antes.

Caminó hacia el espejo hasta toparse con él y admirar a la mujer. Las miradas seguían fijas y profundas. Dio la vuelta en una fracción, recargó incluso la espalda en el espejo para tenerla justo de frente y no halló a nadie.

Ya no sonrió, ni dudó, simplemente un calosfrío le recorrió todo el cuerpo a la vez que palideció. Se puso de perfil y con el ojo derecho hacia el espejo alcanzaba a ver el bulto rojinegro, mientras que con el izquierdo al indagar, veía el mismo mostrador pero sólo con el empleado departamental.

Con tristeza vio al espejo. La mujer recibía una nota. Al encaminarse hacia la caja, la chica le vio y sonrió. Al salir de la perspectiva del espejo, él la trató de ubicar en algún ángulo del mismo.

Ya no le importaba encontrarla en el espacio real, ahora no quería perder ni su imagen. Rodeó la columna sin hallar nada. Se mesó el cabello y se mordió una mano. No advirtió siquiera al empleado que pasó junto a él y que lo examinó extrañado.

Con los ojos fijos en el espejo volvió a tope con él pero ahora de frente. El libro que aún llevaba se le zafó y apoyó las manos sudorosas en el espejo para examinarlo con las yemas de sus dedos, como queriendo palpar un nuevo mundo.

Recorrió las cuatro caras de la columna y eligió una. Todavía frente al espejo se alzó y se agachó sin despegar las palmas del mismo. Parecía que medía o realizaba algún trabajo sobre el cristal. Se mareó, perdió parcial y fugazmente la vista y el equilibrio.

Cuando recobró el control, jaló otra vez aire y encontró felizmente a la distancia a su mujer rojinegra. Sonrió y pareció rescatar la tranquilidad pues sus ojos distinguían que la veía ya no como imagen sino realmente en el amplio espacio de la tienda. Sin moverse, observó como la mujer pagó en la caja y recibió un paquete. Ella también le miró y le guiñó un ojo para después retirarse y salir completamente del establecimiento. Todavía con la anterior sensación de buscar la imagen desde diferentes ángulos, movió la cabeza pero se percató de que ya no tenía al espejo de frente y que esto no era necesario. Inquieto por perder al objeto de su deseo, no se angustió al pensar que lo único que ahora tenía que hacer era caminar o correr libremente e ir tras ellas hasta donde pudiera abrazarla.

Al dar el paso chocó con una barrera invisible. Volvió el estremecimiento y los ojos abiertos a su máximo. Intentó por su flanco derecho y sintió lo mismo. Igual ocurrió hacia los restantes dos lados. Con la cara totalmente descompuesta trató de huir, pero únicamente pudo palpar con las palmas de sus manos las cuatro barreras que le rodeaban.

D.R. © 1997 Teófilo Huerta
Publicado en la revista Macrópolis,

El gol de la revancha



Cuento participante en el Concurso
Futbol y Literatura del Instituto Goethe (2006)

Dedicado posteriormente a la memoria de don Felipe Sánchez
papá del guardameta Oswaldo Sánchez
y con dedicatoria cariñosa para él

(Fotosearch)

Tocó el balón con cariño pero a la vez con rigor, para evitar su desobediencia; bien educado le sabía responder. Así, logró dar el pase preciso a la entrada de su compañero que hizo lo mismo para centrar a media altura justo a la llegada del tercero que conectó un remate al ángulo de la portería, donde se anidó el esférico.

Una y otra vez, en la tierra o en el lodo, en algún maltratado césped, pero más en el mismo cemento, se había batido con enjundia en pos de dominar la pelota, de conducirla, pasearla y golpearla con furia en el momento de dejarla libre, siempre en busca de la meta contraria. No obstante también había sido golpeado por muchas pelotas más, como producto del cañonazo contrario.

Y así entre tareas y recreos, en días de descanso o en ratos libres o robados a las responsabilidades, se había confabulado con otros púberes para jugar hasta la saciedad y quedar algunas veces altamente gratificado por un resultado positivo o malhumorado por la derrota, pero ansioso de encontrar la revancha.

Los años le brindaron alegrías, tantas como las que su cuerpo pudo aguantar más allá de los cincuenta. No obstante, a la par de su emoción que incluso proyectó al apoyar al equipo elegido en los estadios o por el aparato televisor, siempre conservó una especial amargura: no haber sido un futbolista profesional.

Sin cegarse tampoco, guardó siempre la mesura y continuó identificándose en los jugadores famosos y se deleitó con jugadas, repeticiones, crónicas, eliminatorias y todo lo que oliera y supiera a ese deporte no sólo físico sino existencial, como si cada balón encerrara secretos, anhelos, sorpresas.

Al llegar al mundo su vástago varón, sin duda se soñó jugando fútbol con él y sin obsesión pero sí con ilusión, lo pensó quizá como esa revancha anhelada. Sin presiones, alentó con denuedo en su hijo su misma pasión. Poco a poco llevó al chico del asombro a la curiosidad y luego al interés y de ahí al gusto hasta lograr materialmente la adicción.

Fue así como el muchacho se alimentó de fútbol y creció con él. Sin descuidar sus estudios el chamaco pronto se enroló en un equipo que terminó por formarlo en el mágico deporte.

La chiquillada que comenzó a rodear el prospecto de futbolista profesional lo bautizó como Pópolo, apodo que posteriormente lo identificó a plenitud con sus seguidores.

Pópolo continuó exitosamente con sus estudios como biólogo marino y los combinó diestramente con sus prácticas futbolísticas. Orgullo de sus padres, despuntó como delantero a nivel club y de selección. Sus goles eran festejados con intensidad y júbilo.

El hombre ya viejo tuvo la satisfacción de sentirse prolongado en su hijo, de sentirse correr sobre el acolchonado césped que él siempre soñó desde el pavimento, de pelear y buscar afanosamente el balón como si fuera un miembro suyo, de burlar al enemigo en un acto prodigioso de audacia y pericia y de rematar contundente hacia las redes para levantar al unísono un alarido de la multitud.

Su gusto fue mayúsculo cuando convocado a formar el equipo que representaría a su país en la Copa del Mundo, su hijo cruzó el mar con la mente puesta en las porterías rivales. El padre acompañado de su esposa e hija, no pudo dejar de asistir a los juegos donde debía dejar el alma por apoyar a su selección y a su hijo.

La fiesta deportiva no le pudo deparar más felicidad al hombre futbolero, por primera vez en la historia, su país transformado en camisetas y calzoncillos estaba en una final y su hijo con el relumbrante número 9 había contribuido a semejante hazaña, que no estaba completa porque el “ya merito” amenazaba con sólo acariciar las mieles del triunfo.

El partido final había llegado. El estadio estaba repleto y entre extranjeros y partidarios rivales, un grupo de seguidores de la causa patria alentaba a los suyos y ahí, entre ellos, el hombre sesentón, con los ojos puestos en la cancha.

El juego fue disputado palmo a palmo y el padre recordó las batallas épicas de su nación y sintió cómo le hervía la sangre. Sin goles en la pizarra, avanzó la parte complementaria y en ella se dibujó la histórica jugada. Desde la banda derecha un compatriota burló al enemigo, avanzó con seguridad y con toque suave y preciso sirvió el balón hasta el área grande a la que como un ave enjundiosa llegó preciso Pópolo para golpear con su cabeza el esférico ordenándole anidarse en el ángulo de la portería adonde la mano izquierda del guardameta sólo saludó.

El grito fue general, pero en la tribuna el padre que no parpadeó durante la jugada, se alzó con un gesto descompuesto por la pasión y el éxtasis total. Su corazón retumbó aceleradamente dentro de su cabeza y el gol iluminó su mente.

El hijo había sido copado por los compañeros, pero en cuanto pudo se acercó a las gradas para dedicarle el gol a su viejo. Distinguió un movimiento confuso en el palco y sólo alcanzó a pedir a su banca le informaran de alguna anormalidad. La hermana se encargó de comunicar que no pasaba nada grave, quería que su hermano culminara el encuentro, a pesar de que el cuerpo inerte de su padre ya era objeto de las diligencias correspondientes.

El silbatazo final llegó. El uno-cero fue suficiente para adjudicarse el campeonato. En la ceremonia, Pópolo tomó la copa con delicadeza y amor, la besó sublimemente y la alzó hacia el cielo, porque sentía, sabía, que su padre estaba ya en un palco mucho más alto.

D. R. © 2006 Teófilo Huerta